Espacio: Casa Mediterráneo (Alicante)
Fecha: 25 julio de 2026
Ficha técnica oficial
Esta noche, daba fin el Festival Fresca! 2026 y su 6ª edición, con el espectáculo El paraíso de los negros hecho por la compañía de María Pagés.
Con todo vendido y un público expectante el comienzo con unas cadenas carcelarias, nos separaban de la plena oscuridad y nos presentaba a la propia María Pagés en un inicio compungido, rabioso, eléctrico como el nacer, como el inicio de una vida o el florecer temprano.
Entre la iluminación milimétrica y acertada y la oscuridad. La negra escena se movía incesante entre cruces y aciertos, sin detenerse, perdida y daban luz dos voces femeninas que seguían su camino y empujaban su destino, pero ya no tan solitario.
Al momento, en un lateral, aparecían una guitarra española tocada por Rubén Levaniegos que tomaba el ritmo del montaje, acompañado por las dos voces del cante con Ana Ramón y Cristina Pedrosa, un cajón percutido por Txema Uriarte, violín a manos de Graci del Saz y el violonchelo con Alicia Avilés que nos hicieron las delicias al oído, y al momento, María Pagés nos contaba para los ojos la continuación de su encierro.
En el transcurso, el llanto aullado del solitario violín, las estremecedoras voces entre cadenas y la guitarra, cada instrumento por su lado, transmitieron el aire cortante de la escena, oscura, muy oscura, pero con un sentimiento que empezaba a resquebrajar distancias entre ellas y el público.
Seguía una danza, que separaba un banco de una silla de ruedas, un destino que serpenteo y sacudió pero que sucumbió.
Un solo de castañuelas, ellas en la mano de María Pagés, solas, iluminadas, frente a toda la grada, muda por la melodía. Terminó y ella misma nos deleitó con un escalofriante relato en verso acompañado por la guitarra que siguió cercando el camino.
En los últimos compases, el cajón y el chelo hicieron su solo, imponentes, les acompañaron pronto el resto de instrumentos, y una María Pagés que también con sus palmas y sus movimientos auguraba la unión del elenco y la alegría del hecho.
Pero al final, con más fuerza todavía, en pleno silencio, se movió la bailaora. Viéndola, en mi mente resonaban sus tacones, pero seguía en silencio y oía la guitarra, y las voces que le acompañaron, ¡pero solo bailaba en silencio!.
Tan atronador, tan incesante, tan potente, que tiró las cadenas y un público roto que no dejó escapar el momento de levantarse y aplaudir con vítores el montaje tan sentido que acabábamos de ver.
Terminó el Fresca! por todo lo alto.
Hasta la próxima edición.












